EL TORO DE TLACOTALPAN
(versos de "inspiración bovina")
| Yo vivía
en un pastizal junto a los seres humanos; y parecían mis hermanos el patrón y el servicial. A nadie nunca hice mal: tenía para alimentarme, nunca hube de imaginarme cambio tan grande en mi vida, que la daba por sabida y la usaba en solazarme. |
Pues no
había novedad ni cambios en mi existencia, todo era tener paciencia. Hoy les cuento la verdad: que, en mi cotidianidad, de pronto me transportaron; en una isla me dejaron y yo feliz me sentía; pastizal también tenía, ni siquiera me cercaron. |
| En una
alegre mañana del primero de Febrero llegaron varios vaqueros de gran pial y gran mangana; uno en su yegua alazana con silla bordada en pita que una jarocha bonita pronto había de compartir. Creí que me iba a divertir... ¡Qué mañana tan maldita! |
Zacate
recién cortado y volando las gaviotas, no tuve la más remota idea de lo planeado. Un caballo aparejado luego a mi lado se puso y a la reata le dio uso para echar una lazada, mi cabeza sujetada a sacudir se dispuso. |
| Uno que
vino de Lerdo las dos patas me amarró, a empujones me sacó como si arrastrara un cerdo. luego, yo ya no me acuerdo cómo fue que llegué al río sacudiéndome con brío y sin poderme soltar. ¿Cómo les podré explicar lo que fue el destino mío? |
Yo nunca
aprendí a nadar, ni lo había necesitado pero ahora, o me iba ahorcado o algo hacía para flotar. Ya no podía respirar, ora el agua, ora la reata, los que iban en las regatas me cruzaron "con honor" y yo, pleno de temor, ya ni les eché bravata. |
| -¡Bendito
sea Dios! ¡La orilla! Mis patitas puse en firme y, antes de pensar en irme, la gente me hizo cerquilla. No sólo fueron cosquillas: hubo piquetes, jalones; tenían muchos pantalones para jalarme la cola mas es la agresión en bola recurso de valentones. |
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| Subí con
trabajo el bordo para llegar hasta el muelle mas los tipos, como bueyes me empujaban con gran morbo. De pronto, me quedé sordo con tanta gritonería de la multitud que había rodeándome con placer, mas no pude comprender qué era lo que me pedían. |
Pensé yo:
-Me tienen miedo-, y ya procedía a echarme para así demostrarles que soy tranquilo y que puedo no levantarles ni un dedo. Pero, ay Dios, qué desazón, porque luego de un tirón vuelven a ponerme en pie. ¿y qué quieren? no lo sé, lo digo de corazón. |
| Suenan
cohetes, se arrebatan y yo me asusto también, pero uno me tiene bien agarrado con la reata que, a manera de corbata me marca la dirección con un severo jalón indicando continuar y hasta una esquina llegar, recibiendo otro empujón. |
Quesque
"La Esquina del Toro" hace constar un letrero colgado de un esquinero con gran pompa y gran decoro. Yo lo miré con azoro aunque no soy muy letrado, pues tiene un toro grabado. A un ladito de la plaza creí que esa era mi casa, y allí me quedé sentado. |
| Pero me
seguían meneando; traía una oreja mochada, la cola ya amoratada, los pulmones reventando. Ya todo estaba sangrando mas querían que me moviera y, para que lo supiera, entre dos me restiraban las reatas, que ya me ahogaban del cuello hasta la mollera. |
¿Y
cuántas calles pasé? No lo tengo en la memoria. Vi las trancas, una noria y la conciencia se me fue. Con agua me reanimé y seguí en loca carrera hasta cierta corralera que está al lado de una calle. -¡Quién sabe ya dónde me halle! Mas, seguro, no es la Gloria. |
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Entre
sangre que se estanca logré conservar la vista, me encontraba en una pista redonda, con grandes trancas. Y llegó montado en ancas un torero improvisado de rojo capote armado pintado con sangre tibia, mas no soy toro de lidia, y allí me quedé parado. |
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Ana Zarina Palafox Méndez
Miércoles 1o. de febrero de 1995
(día del toro en Tlacotalpan)