LOS CUETES

Y a pesar de todo, septiembre me gusta. Me gustan sus cielos grises, me gusta el olor a pólvora barata y el mormullo de los cuetes en el ambiente. No me gusta que cada vez vendan más cuetes chinos y cada vez menos de los tradicionales hechos en México pero ¿cómo iba a ser de otro modo? Si han hecho una gran campaña amarillista en contra de las fábricas artesanales de cuetes en mi país... pero dejan pasar miles y miles de piecesitas orientales de pirotecnia, todas igualitas, etiquetadas en inglés, y baratas. Además, muchas de las costumbres que estamos importando, son de mayor riesgo. Personalmente, prefiero haber pertenecido a la generación en que algún desprevenido perdía dos dedos tronando cuetes durante las fiestas, pero no perdía la mitad del funcionamiento neuronal y la capacidad de ser feliz a base de videojuegos, falta de lectura, música incomprensible y drogas químicas peligrosas y baratas.

Vivencialmente, recuerdo la magia que causaba el inconsistente control de calidad de las palomas, los tronadores blancos, los subidores, los "buscapieses", los cerillos y las brujitas -estas últimas, garbanzos secos cubiertos de pólvora, eran "para los más chiquitos", porque se prenden estrellándolas contra el asfalto, y sólo lanzan inocentes soniditos. La "ruleta rusa" de encontrar un marchante confiable, que no te vendiera cuetes que "se cebaban". Porque un cuete cebado es dinero tirado a la basura, pero un cuete que tronaba, pues no.
Ya agotadas las posibilidades "típicas", que consistían en simplemente prenderlos y verlos funcionar, el placer adicional era imaginar mil artificios: poner una paloma o un cañón (esos que tienen la mecha de lado, y vienen muy compactos) prendido debajo de una lata vacía y correr. La medida del éxito era que la lata, impelida por el estallido, pasara por arriba de los cables de luz o teléfono.
O las "bazookas", latas de refresco ensambladas una con otra, formando un tubo cerrado por un lado, pólvora enmedio (extraída con cuidado de muchos cuetes) que, al prenderla y tapar el otro extremo con una pelota de hule, simulaba un arma poderosa que no mataba a nadie, pero aventaba la pelota con la fuerza suficiente para generar un estallido de risas entre los presentes.

Los más cobardes (yo entre ellos) poníamos los subidores con la varita apoyada en alguna grieta de la calle. Ésta era concienzudamente despejada para que detuviera el cuete con firmeza y equilibrio, pero no "atorara" la subida. Otros, más osados, lo detenían suavemente con pulgar e índice, dejándolo libre en cuanto sentían la fuerza de propulsión.
Los últimos volcanes que compré no duraban nada. Recuerdo que antes duraban como una hora (tal vez era una apreciación subjetiva) dignamente apostados en el asfalto, eruptando una luz blanca brillantísima. Así como las bengalas, con su cascada de luz amarillenta, interrumpida solamente por las bolas de fuego de colores.

Esos eran juguetes para niños. Pero la Obra Magna siempre ha sido el castillo, con coronas, bombas y cascadas que lo acompañan. No es privativo de Septiembre, claro. En cualquier fiesta patronal o cívica debería haber uno. Y los profanos alrededor no podemos hacer mayor cosa, salvo preguntar ansiosos ¿a qué hora lo prenden? y acompañar con suspiros y gritos de alivio los momentos de amarga tensión en que alguno de los "sacerdotes del fuego" tiene qué trepar una pira de carrizo y madera llena de explosivos para reparar de emergencia alguna rueda que no gira, o alguna sección apagada, teniendo una inmediata y fuerte ovación en recompensa.
Para paliar nuestro terrible sentimiento de inutilidad, están los toritos. Quien carga este artificio de cartonería cubierto de fuego, es un héroe casi suicida. Pero también lo somos quienes tenemos la valentía de acercarnos lo suficiente para recibir las ígneas embestidas del toro, adornadas con sorpresivos buscapiés que salen en azaroso recorrido, y no solamente encuentran pies, también cabelleras, faldas, ropa sintética...

Y el acompañamiento musical le da en México el toque místico a todo esto. Alguna vez presencié el 14 de julio en Francia los juegos pirotécnicos que conmemoraban la Toma de la Bastilla. Un trabajo visualmente exquisito -hasta corrían rumores entre la gente de que estaban controlados o, al menos, diseñados por computadora-. Con esa distintiva estética francesa, surcaban el cielo hermosos colores y formas, entrelazándose en asombrosa armonía. Un trabajo intachable pero, por primera vez en mi vida, no lloré de emoción. Y es que de fondo, a través de altavoces, estaba una grabación de la Música para los Reales Fuegos de Artificio, de Händel. ¡¿Quién le dijo a "ese tal Federico" que sabía componer para las fiestas?! ¡Si ni siquiera sabe que sus "Feuerwerks" se llaman CUETES! Extrañé como loca a la banda de viento tocando "Arriba Pichátaro" o ya de perdida el mariachi con "El son de la negra"...

Entre las miles de tradiciones que ME NIEGO a perder en mi país, están los cuetes. Centro de convivencia comunitaria, campo de experimentación del ingenioso artífice mexicano, que con sólo varitas, papel (reciclado) y algunos compuestos químicos, reproduce a placer modelos a escala del Big Bang (o La Creación, dependiendo del sistema de creencias de cada uno). Mientras, los maestros con trompetas, clarinetes, tambora y tuba, tocan la Música de las Esferas...

Ana Zarina Palafox Méndez
Septiembre de 2003

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