De sueños y esperanzas
Esta compilación de composiciones relacionadas con culturas musicales tradicionales de varias regiones de México tiene como propósito mostrar unas parte de la diversidad estrófica y temática presente en nuestro país y que tiene puntos de convergencia con el resto de Iberoamérica. Cierto es que las formas estróficas vinieron de la Península Ibérica como otros tantos polizones montados involuntariamente en las carabelas pero aquí se fueron impregnando de maíz criollo, de jitomate, de chile guajillo y su tez bronceada se fue volviendo natural de las Indias Orientales. Las enredaderas, lianas y bejucos fueron cubriendo aquellos raveles y guitarrillos barrocos hasta convertirlos en sonoros violines tuxtecos y jaranas:
II
En tiempos de la conquista
los misioneros sabían
que al indio convertirían
ya en cristiano, ya en artista
Les mostraron cada arista
de música y canto cristiano,
les pusieron en la mano
los instrumentos barrocos
que ahora suenan como locos
entre bosque, cedro y llano.
III
Frágiles embarcaciones,
balajús y carabelas
así enfilaron sus velas
con rumbo a estas regiones.
Eran negros, polizones
e involuntarios remeros,
también los filibusteros
y moros que allí venían
los que aquí se fundirían
en los crisoles soneros.
IV
Quinientos años después
está la herencia enraizada,
y la leyenda, enterrada
con aquel buen genovés..
Pero en Toro o Buscapiés
el peso de tanta historia
te refresca la memoria
al ver la Negra cadera,
o la Flamenca hechicera
o del Trovador la gloria.
V
Bañándote en el sereno
húmedo del conticinio,
olvidando el raciocinio
olerás caña y centeno.
Porque en el cálido seno
de Huasteca, Sierra o Llano,
sabrás lo que es un hermano,
sabrás qué es iniciación,
y qué representa el son
dentro del quehacer humano[1].
Así se fueron conformando, junto a las variantes musicales de esa hidra que llamamos son, las relaciones con diferentes estrofas hispanas. En algunos casos, cuartetas simples, désas en que nomás riman los versos 2 y 4 pero también redondillas y cuartetas cruzadas, quintillas al modo huasteco y omnipresentes sextillas, así como son cantadas en varias de las regiones, revolotando alegres sobre las cuerdas de un violín o un arpa grande.
Tenemos dos ejemplos de mujeres jilgueras, como acostumbran autonombrarse quienes cultivan el corrido suriano allá en Morelos, una de Cuernavaca y la otra del Bajío de Guanajuato. Una, más orientada a la narrativa y la otra, militante extrema del feminismo más tradicional, ése que se ejerce e voz baja a un lado del fogón, donde las manos me huelen a ajo y el pensamiento a cebolla[2] y luego se grita con el dolor de haber perdido a una hermana, a un hijo
Por supuesto que está presente la hegemónica décima octosilábica, sobre todo entre quienes gustan de recitar, más que cantar composiciones narrativas o unidades completas que empiezan y terminan en diez líneas, muy del gusto del Sotavento y de la Huasteca pero también tenemos a la región madre de todas las líricas populares: la Sierra Gorda[3] donde sólo los aprendices hacen décima suelta. Allí, los poetas que ya asumieron su destino elaboran glosas y pies forzados con una exhibición impresionante de métricas de las que los puetas de escritorio nombran de arte menor y de arte mayor. En este libro estamos presentes Victoria y una servidora, un par de poetas que hemos gustado de elaborar obras al modo arribeño y hasta nos atrevemos a cantarlas, a pesar de no haber nacido dentro de esa tradición pero el destino es el destino. El hallazgo para mí fue Lolita Tello, del ombligo de la sierra, Xichú, Guanajuato; llevaba años buscando, lámpara en mano como Diógenes, una poeta mujer en la Sierra. De hecho, encontré dos y, aunque Ana María Rodríguez de la Torre no pudo esta vez estar incluida en el presente libro, vale la pena mencionarla como cantora a lo divino que ejerce su oficio de poeta de camarín[4] en Río Verde. La Sierra Gorda usa a ras de surco, a ras de milpa y de chamacuera una colección de formas poéticas que no he encontrado en ninguna otra región o país en toda Iberoamérica.
Entonces este libro, además de compartir las obras de las compañeras por ser mujeres, expone los trabajos de quienes, dentro de las culturas musicales donde nos desarrollamos por nacimiento o por adopción, nos hemos ganado un lugar por ser poetas.
Y todas estamos llenas de sueños y de esperanzas.
Ana Zarina Palafox Méndez
después del Solsticio de Verano de 2018.
[1] Fragmento de Cómo afinar la jarana, Ana Zarina, abril de 2004
[2] Fragmento de una estrofa de Rocío Zavala (2006).
[3] Zona limítrofe entre Guanajuato, Querétaro y San Luis Potosí.
[4] Los poetas que cantan en capillas e iglesias, en fiestas patronales con temas religiosos como las vidas de los santos y fragmentos de La Biblia.Algunos poetas prefieren estos ámbitos para salvaguardarse de desvelos, alcohol y eventuales pleitos.